Inmigración: Por el derecho a ser personas libres y no herramientas importadas

El siguiente texto nuestra colaboradora Ratania nos expone una mirada crítica al discurso que defiende desde una mirada utilitarista la inmigración, pensando a las personas como herramientas a importar. Un tema que está más vigente que nunca ante las reformas que el gobierno puso por decreto a la ley de inmigración y que dejan entrever “categorías” de personas. Este texto fue leído originalmente en el aniversario de Literror en Agosto del 2017.

Título original: “Contra el progre discursillo pro migración”

Por Ratania.

Ustedes dicen de ellos:

  • Que trabajan duro
  • Que son esforzados
  • Que son necesarios
  • Que traen comida
  • Que traen bailes
  • Qué lindo el negrito
  • Que mira ese pelo
  • Qué rico ese manso culo
  • Que el mito del negro trípode

Mientras que nosotros, así renovamos, que nuestra población envejece.

Ustedes lo dicen, pero yo no, porque decir eso es hacer que todo lo que es natural y creación intuitiva, se lea ahora como una vil mercancía.

Es cosa de pensar un poco para ver lo utilitarista de su discursillo, que les hace sonar tan progre e inclusivos. ¿No ven acaso que el migrante “trabajador esforzado” es eufemismo para decir “mano de obra barata”, “muerto de hambre que funciona perfectamente como otra pieza del engranaje de la explotación”, del engranaje que permite la circulación de las mercancías pero no de las personas?

Al parecer desconocen que el ser humano siempre se ha movido, que la así llamada legalidad es una construcción con cimientos en el estado-nación moderno, que supuestamente es internamente fluido, pero que de todas maneras es externamente rígido e impermeable.

¿Por qué no defender solamente el “derecho” a migrar, la acción de desconocer límites ideológicos, políticos, la acción de moverse y de conocer el mundo que siempre ha sido parte de la humanidad?

Los muros materiales son fáciles de botar, no así los muros de las ideologías progre y sus parámetros de la normalidad. Esos muros que nos hacen olvidar que el mundo no le pertenece a nadie, y por eso nos pertenece a todos, y como tal se vuelve responsabilidad de todos. El mismo mundo que se está pudriendo, pero que por las fracturas está siempre renaciendo, creando su pequeño ecosistema, vidas que las visas del poder no van a matar.

¿Y qué es eso del certificado de nacimiento, sarcasmo hecho papel para decir (no) pertenencia,  falsa pertenencia, como si nuestra mera presencia no fuera la validación del hecho de que existo, que existes? El papel y el timbre que crea la ilusión de que algo de algún territorio te pertenece, pero que no, no te pertenece porque no eres parte del uno por ciento, ni del cinco, ni del diez.

Yo no necesito tu certificado, tu pasaporte, para saber que somos y estamos, que no eres el buen salvaje, que no eres un otro exótico al que le miraré la piel y el pelo, que simplemente eres, potencial del bien, potencial del mal. Tu pertenencia sólo corresponde a tus actos, y tus actos me dirán de qué lado estás.

Y si hay una cosa que alabarle al migrante del que hablo es la valentía de salir de lo conocido, de asumirte paria antes de partir el viaje, algo que pocos pro migrante progre alguna vez se atreverán a hacer -o mejor dicho, nunca tendrán necesidad de hacer.

Me niego al discurso utilitarista, a cualquier certificación de la pertenencia.

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