Opinión: “No romanticemos los libros, las bibliotecas no son paraísos, sino morgues”

En el Día del Libro, el escritor Gabriel Ocaranza nos presenta sus reflexiones en torno a la desacralización del libro. Muchas veces visto como un objeto liberador, también tiene un componente material en que grandes grupos editoriales se disputan comercialmente los textos escolares e imponen muchas veces puntos de vista desde el respaldo industrial a tal o cual tema. ” Se reconoce la metáfora de “el libro es un mundo” pero se desconoce el ligero desplazamiento que se debe realizar: la lectura”, nos dice el autor de la siguiente columna.

Por Gabriel Ocaranza

Más allá de toda celebración por el libro” (esto incluye también el día y mes del libro) con todas sus actividades escolares, homenajes universitarios, reconocimientos televisivos en pos “de las letras y la cultura”, actualizaciones en redes sociales e incluso más allá de este comentario que pretende “desatar o provocar una conversación” es que pretendo reconsiderar la forma en que se comprende al libro y su figura –dejando de lado el marketing editorial que no juzga libros por sus portadas sino que las edita– en este “ancho y ajeno” país en el que se pelea por un IVA abusivo pero en el cual se reconoce que las personas no leen pero OJO, en este país sí se lee, siempre se lee, pero de la misma forma que el chilenito perdido en Chile camina por la calle y mira a los demás chilenitos: de reojo, sin caer en la cuenta de lo que, en efecto, se está leyendo es nuestra propia condición de “chilenos perdidos en Chile” en donde la lectura ha ganado espacio a través de la extranjería.

Muchos homenajes a la sensibilidad literaria (y artística) y, en efecto, nada de sensibilidad literaria (y artística) así como mucho homenaje al libro solo porque sí pero ninguna afrenta contra este, ningún hurto, ningún espacio tomado ni ninguna ocupación de terreno. Se reconoce la metáfora de “el libro es un mundo” pero se desconoce el ligero desplazamiento que se debe realizar: la lectura.

Entonces, se reconoce al libro como un objeto de transmisión cultural pero no hay puentes entre lector y libro -ni siquiera apuntes-, solo una tumba, una morgue, una fosa común en la que yace este cadáver por el que algunos aún velamos sus restos.

¡Hago un llamado a la no romantización del libro pero sí un llamado a la exhumación de este: las bibliotecas nunca fueron paraísos sino morgues!

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