No solo es moral, la oposición al aborto también tiene una importante dimensión económica

En la siguiente columna se abordan los aspectos económicos que involucra la autonomía sobre la corporalidad y la reproducción. En el caso del aborto libre, hay una real preocupación desde el punto de vista material. Más allá de las condenas morales que vienen desde los sectores más religiosos, existe también una angustia por el decrecimiento demográfico, o el envejecimiento de la población. ¿Cómo ha ido cambiando la visión que se tiene de la autonomía corporal y reproductiva desde lo económico? A continuación se revisan algunos aspectos históricos y teóricos del tema. 

Por David Ortiz

A principios del siglo XX el naturismo, un área del pensamiento libertario, se ocupaba de plantear cuestionamientos y propuestas en el tema de la corporalidad, se preocupaba de analizar el factor económico de la reproducción humana.

La “autonomía corporal”, que mucha gente considera una “moda” lanzando sentencias acríticas, en realidad es uno de los temas centrales de las disputas de poder desde el inicio de los tiempos. ¿Qué es la abolición de la esclavitud sino el ser dueños del propio cuerpo? No me refiero a la potencial productividad asociada a un cuerpo, que es el trabajo,  sino a lo estrictamente material de nuestra corporalidad. Poder moverse libremente por ejemplo. Esas son algunas de las garantías que los Estados modernos saben reconocer para garantizar ciertos márgenes de estabilidad y de productividad también. No entraré a detallar esto último porque da para otra columna, y ahora quiero referirme solo a la reproductividad.

En medio de las manifestaciones que piden el aborto libre, se me vino al recuerdo la propuesta del naturismo de principios del siglo XX, donde se planteaba la autonomía de las familias proletarias para decidir el control sobre su descendencia entraba en directo conflicto con lo propuesto por la iglesia, institución que proponía aquel principio que podemos simplificar en el mensaje “hay que tener todos los hijos que Dios mande”. Una condena a la pobreza que estaba delimitada por los límites morales de una sociedad mucho más religiosa que la actual (no desconozco la influencia cristiana, pero evidentemente ahora hay más personas con pensamiento laico).

En las primeras décadas del siglo XX, ante la falta de información y la pérdida de los conocimientos ancestrales (de las culturas precolombinas) sobre métodos anticonceptivos, fue desde los mismos compañeros de clase de donde salieron folletos que ayudaban a la educación sexual de la época entre la clase más baja, la que precisamente tenía menos posibilidades de acceder una mejor educación y mejores condiciones de vida.

Sin embargo, seguía instalada la idea de que más descendencia era sinónimo de más bracitos para trabajar. El trabajo infantil estaba extendido, pero lejos de subir los ingresos familiares para alcanzar una mejor situación de vida, la miseria era la norma. De nuevo reproductividad y economía.

En este contexto, la ciudad más grande de Chile en ese entonces, Valparaíso, se llenó de círculos de miseria. Esto es descrito por el periodista y poeta Pezoa Véliz, quien habla de una ciudad sobrepoblada donde no alcanzan los recursos para todos y donde se sospechaba que se dejaba morir a la gente de enfermedades “implantadas” para bajar un poco la presión demográfica sobre una apretada ciudad puerto.

En otras palabras, no tener exceso de hijos para no ser pobres.

Malthusianismo

Los recursos no alcanzan para todos y en sociedades industriales que aumentan en población y tienen menos agricultura, no se puede mantener a todo el mundo. Cada vez hay más pobres y se puede generar el caos con una revuelta en que esa mayoría destruya a la minoría dirigente. 

Esta reflexión, que también simplifico al borde de la caricatura, era planteada al principio de la era industrial en Gran Bretaña por Thomas Robert Malthus. La idea Malthusiana propone que mientras se expande la población, los recursos se encojen.

Esto hizo que en los cuarenta y cincuenta se tomara nuevamente la idea de controlar a la población de modo malthusiano, impulsándose políticas públicas de control de la natalidad. En este caso Estados Unidos ( Henry Kissinger lo planteaba casi en esos términos durante el gobierno de Nixon) y la Cepal impulsaron estas ideas entre los gobiernos latinoamericanos.

Una idea que Galeano critica en “Las Venas Abiertas de Latinoamérica”, diciendo que “Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones”.

Pienso que esa idea que tuvo un origen malthusiano ya va quedando atrás, y el argumento de Galeano debe ser releído, pienso, desde el punto de vista de la autonomía. Que los gringos no digan o decidan qué hacer sobre la reproductividad de acuerdo a sus intereses económicos y políticos.  Si es por controlar la natalidad que sea desde la libertad, desde el ejercicio de la voluntad propia, que las mujeres decidan en primer lugar sobre sus cuerpos.

Demografía

Hoy lejos del principio malthusiano, el principal problema de las economías de países desarrollados hiper industriales como Japón, o de países desarrollados como España, es la baja demográfica y el envejecimiento de la población. En la península ibérica se habla de crisis demográfica y en Japón el primer ministro incluso llamó a los ancianos a morir pronto.

Al capital le conviene tener grandes centros urbanos con millones de consumidores. Mercados que son más fáciles de administrar en comparación a tener miles de ciudades pequeñas distantes entre sí. Tal vez para el capitalismo chileno le convenga tener una metrópolis con la mitad de la población del país concentrada. ¿Por qué? Porque convierte a la ciudad de Santiago en un espacio competitivo respecto de Bogotá, Lima o Buenos Aires.

Si a principios del siglo XX el mensaje de la iglesia era “hay que tener todos los hijos que Dios mande”, hoy podríamos decir que el poder económico nos dice algo que podría sonar así “hay que tener todos los hijos que nos pida la pirámide demográfica”. Que la pirámide no se guatee y ¡mucho menos que se invierta!

Y es que realmente es un peligro para el capital con sus dinámicas actuales que las mujeres tomen la decisión sobre  sus cuerpos y su reproductividad. ¿Cómo se garantiza una fuerza de trabajo extensa que mantenga la productividad y que al mismo tiempo sean más que los miles y millones de jubilados que habitarán el país?

Hoy, tomar la decisión deliberada de no tener hijos -por los argumentos que sea: por ética ecológica, por hedonismo, por preferir no tener una familia descendiente (hijos, nietos) y preocuparse de la ascendente (padres y madres)- es visto como algo negativo. Ya no desde la religiosidad pura y dura -especialmente del cristianismo-, sino por una moral laica que acusa de egoístas a estas personas y al mismo tiempo existe una preocupación genuina del capital por no contar con una fuerza de trabajo renovadora, la que se puede obtener desde la inmigración.

Hace 10 años era la pastilla del día después, hace dos años las tres causales (donde claro, prima una visión más religiosa); pero ahora el conservar el status quo de prohibición al aborto, cosa que millones de personas en Chile están dispuestas a cambiar, resulta ser un dilema económico, de juego de poder, no solo una cuestión moral.

Al poder le da miedo que las personas puedan tener total autonomía y hagan uso de su criterio personal libre y soberano. Es un acto profundamente político y subversivo el tomar control sobre la reproductividad. Por favor no sigamos hablando del aborto como parte de “la agenda valórica”, aquí también hay una dimensión económica fundamental que está velada en la discusión bioética de ¿dónde empieza la vida?. Claramente esa discusión pone el acento en dónde empieza la pobreza y donde se termina la propiedad sobre su propio cuerpo a las mujeres.

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