¿Quien es Salvador Reyes y por qué tiene un monolito con su nombre en Copiapó?

En la siguiente semblanza de Raúl Ocaranza, conocemos un poco más de la vida de Salvador Reyes, un escritor nacido en Copiapó el año 1899 que fue premio nacional de literatura. El único ganador de este galardón nacido en Atacama. Un autor novelista, que hacía de los marinos protagonistas de sus historias, ambientadas mayormente en Valparaíso. Incluso aparece como uno de los escritores que se describen en el libro «Nocturno de Chile» de Roberto Bolaño. En Copiapó tiene una calle en Cartavio y un monolito en la esquina de Colipí e Infante.

Por Raúl Ocaranza Archiles // fotos www.memoriachilena.cl

¿Quien es Salvador Reyes Figueroa? Un recuerdo de un monolito ubicado en calle Colipí, donde antiguamente funcionó la residencial Ahumada y hoy oficinas de ENTEL, o el recuerdo de un parque que cambio de nombre y que hoy nadie levanta la voz por restaurarlo.

Para muchos copiapinos, su existencia y su nombre suelen ser desconocidos, ajenos en el tiempo y el destiempo. ¿Cuántos realmente conocen sus obras? Es más fácil olvidar en nuestra tierra, parece que el desierto desolado genera eso o la apatía del Copiapino.

Ya lo tenía claro y lo expresó “El que nadie me conozca no me deprime, pues es un hecho natural“, escribe al iniciar sus memorias en la revista MAPOCHO llamada” ¡Qué diablos! La vida es así“

Salvador, nace el 16 de Agosto de 1899 en Copiapó en su casa ubicada en calle Colipí 150 con Infante, hijo de Arturo Reyes “Copiapino” abogado que terminó siendo Juez de Letras en Taltal y de Luisa Antonia Figueroa “Lorina”, preocupada del hogar. Su infancia la vivió en los puertos de Caldera, Taltal y Antofagasta, lugares que generaron una impronta en sus letras, inspiración marítima fundamental en sus obras.

Se le reconoce como un prolífico escritor, novelista, poeta, cuentista, ensayista, cronista, periodista, diplomático e impertinente viajero catalogado dentro del imaginismo o mejor llamado “El Escritor del Mar”, con 31 obras editadas en nuestro país y otras tantas fuera de ella, específicamente en Francia.

Para otros “el despreciado  de Atacama”, como escribió el crítico Camilo Marks en su libro Canon. Cenizas y diamantes de la literatura chilena(2010):“Es uno de esos narradores de gran calidad que han pasado injustamente al olvido o un inmerecido segundo plano.”Yo prefiero tomar las palabras de su amigo pintor Julio Aciares Nuñez pues Copiapó le prestó alero para su nacimiento y lo nutrió de partida con su aire saturado del respirar de los errantes mineros, poetas del desierto.”

Copiapó está en deuda con el Premio Nacional de Literatura, no porque no haya una estatua recordándolo, una calle o plazoleta con su nombre o la bibliografía completa en nuestra Biblioteca Regional de sus obras. Estamos en deuda con el escritor porque hemos olvidado leerlo, el alma de un escritor trasciende a través de sus letras, se nutre a través de sus escritos, persiste en la memoria a través del recuerdo del lector y se atesoran sus libros en los estantes para ser releído.

¿Qué hemos hecho para ser tan ingratos y ajenos a sus letras, en que rincón de nuestra tierra Atacameña le hemos abandonado y empolvado su lectura? Lo recordamos solamente por su  supuesta frase “Nunca volveré a nada, pueblo mal agradecido con sus artistas. “,le desconocemos sus orígenes como copiapino, lo hemos desarraigado, hemos olvidado su trayectoria y vida, lo hemos deshermanado.

Pero él dejó en sus escritos el verdadero amor a su tierra, como lo descubrimos al leer su novela corta “Norte y Sur” editada el año 1947 por  Editorial Nascimiento. En una de sus páginas leemos una hermosa descripción de Copiapó: “Era en el olor donde se percibía el alma de la ciudad: olor vegetal, olor a fruta y también olor a tierra. Aún en invierno, cuando por encima de las anchas paredes de adobe los árboles asomaban sus ramas desnudas, el viento paseaba el sutil perfume de los enormes pimientos de verdor perenne que adornaban la Plaza de Armas, la Alameda y algunas calles apartadas. Entonces, después de las lluvias, el sol evaporaba un olor bueno y picante a tierra húmeda. En verano se olían la tierra seca, el damasco jugoso, la chirimoya de pulpa blanca y azucarada, la lúcuma, cuya carne amarilla envolvía el hueso brillante, de color caoba; la pera, el durazno, el níspero, con su aire ligero y dorado de palomilla. Subía de los huertos ese aroma penetrante al cual se mezclaba el olor a tierra como para darle cierta tonalidad. Era también en el olor donde se respiraba el alma de la casa: olor ligero que se desprendía de los muebles de caoba, de cedro, de jacarandá; olor goloso que se escapaba de las alacenas cargadas de dulces de alcayota, de membrillo, de naranja. Y había también el perfume penetrante de los jazmines, subiendo, en las noches de verano, desde el rectángulo del jardín, bajo la luna”. También nos comenta que:”Copiapó  estaba construido sobre un río subterráneo que un día se tragaría la ciudad. Otros afirmaban que en el invierno próximo bajaría la quebrada de Paipote, es decir, la avalancha que no dejaría casa en pie ni habitante vivo.” (¿Experiencia o visión?)

Su cuento “El último pirata” (1925) nace de observar las faenas de reflotamiento del Blanco Encalada, hundido en 1891 en la bahía de Calderilla, al retornar a Caldera. En sus memorias, él reconoce: “Todo esto me había dado la idea, hacía muchos años de mi primer cuento“.Después nos recordaría o confrontaría sus visiones de niño en el libro de crónicas “Andanzas por el Desierto de Atacama” (1963), en donde volvería a encontrarse con el perfume de los huertos de nuestra ciudad, “La puerta del desierto”  como él la nombraría. A pesar de esto y a sabiendas de que nunca residió en su ciudad natal, ella le ejerció una fuerte influencia que menciona en una entrevista a través del recuerdo de ”las leyendas de sus derroteros, las breves visiones de sus serranías y las historias de la Guerra del Pacífico.”

Su vida fue intensa, tanto como sus escritos, con los cuales revolucionó la forma de escribir cuando el medio literario de entonces no salía del criollismo. Con ello marcó un antes y un  después en las letras nacionales. Alabado y criticado. En donde nació a la luz el ”Imaginismo“, término acuñado por Alone (Hernán Díaz Arrieta) influyente crítico literario chileno, siendo Salvador Reyes el autor más representativo de esta tendencia literaria histórica en nuestro país junto a su amigo Luis Enrique Délano.

Sus inicios en la escritura fueron con el libro de poemas “Barco Ebrio” editado el año 1923 por Editorial Nascimiento con portada de Luis Meléndez, en donde nos embarca en una navegación de 26 prosas, edición que se reeditaría en un cuadernillo breve  de “Ediciones Hacia” de su gran amigo Andrés Sabella el año 1963.

Funda la revista “Letras”el año 1928 junto a Ángel Cruchaga Santa María, Manuel Eduardo Hübner, Luis Enrique Delano y Hernán del Solar, cuya posición intelectual de la época fue de reacción frente a los modelos del criollismo imperante en las letras nacionales, como un soporte de discusión sobre el arte y la literatura, espontánea y simple a opinión de los creadores.

Sus escritos referidos al mar no son solamente parte de una imaginación febril, si no también parte de su experiencia y corre relatos de su vida ligada a los puertos de Caldera, Taltal, Antofagasta, Valparaíso y de sus interminables viajes al extranjero. En sus propias palabras señaló “Yo hablo del mar no para dármelas de extraño, exótico o desarraigado, sino porque lo he visto y vivido.”

Ingresó a la Masonería el 19 de mayo de 1931, a la Logia Cóndor Nº 9 para seguir construyendo una cantera de obras escritas, para fraternizarnos con la lectura, con el juego literario de las imágenes y la sensibilidad.

Era un hombre de mar que no solo navegó en las letras de la literatura, si no también congregó en su entorno ese espíritu místico que habla de camaradería y hombres amantes del mar como lo es la Hermandad de la Costa, en  donde se integra a la  Nao el 16 de Julio de 1952 con el Rol N° 159, dedicándose de lleno a su divulgación creando la romántica, profunda y emotiva “Oración al Mar”, fundando diversas Naos en varias partes del mundo.Mar, en quién Dios refleja su poder y su misterio, yo Hermano de la Costa vengo a decirte mi plegaria y a formular mi promesa…”

Raúl Silva Castro, periodista y crítico literario dijo de él:“Nadie ha sabido dar hasta hoy en las letras chilenas más clara la sensación de tránsito y de nostalgia que suele suscitar en ciertos seres exquisitos la proximidad del mar. “

El 19 de Agosto de 1960 ingresa a la Academia Chilena de la Lengua, ocupando el número 46 y sillón nº 9 y en su discurso de incorporación expuso su método de trabajo: “Cualquier cosa, a mi manera de ver, puede sugerir un tema novelesco; una conversación oída al pasar, una silueta dibujada en la bruma, hasta el nombre de una persona. También se puede sentir el deseo de desarrollar una trama en torno a un asunto. En este último caso, de manera subconsciente, el novelista va vigilando a su alrededor hasta que capta todos los elementos, los cuales se presentan de manera espontánea…“En cuanto a los personajes de sus novelas:”Lo cierto es que iban tomando vida –a lo menos para mí-, a medida que los tipos de la máquina de escribir golpeaban el papel…“

Recibe el 15 de Diciembre de 1967 el Premio Nacional de Literatura.  El jurado encargado de discernir el Premio estuvo compuesto por Eugenio González Rector de la Universidad de Chile, Carmen de Alonso por el Ministerio de Educación, Fernando Durán  por la Academia de la Lengua, Jorge Edwards y Manuel Rojas por la Sociedad de Escritores. Actuó como ministro de fe, Luis Arena. Tan pronto como supo la noticia de su Premio, manifestó: “No esperaba este Premio, aunque tampoco me sorprende. Lo recibo no como escritor, sino como cronista de la vida. “

Fallece en Santiago el 27 de Febrero de 1970 y  sus cenizas fueron esparcidas un 9 de Febrero de 1972 en las costas de Antofagasta a expresa petición de él, específicamente a la cuadra del Club de Yates, en la corbeta Papudo. Fiel a su espíritu de nauta eligió al océano como su mortaja.

Me quedo con sus palabras escritas en el prefacio de su libro “El Incendio del Astillero” editada el año 1964: Ocupado Lector: Desde luego, gracias desde el fondo del alma por dedicar unos momentos de tu agitada existencia a la lectura de este libro. Es una inmensa generosidad de tu parte, porque la que llamamos vida moderna no nos deja tiempo que perder (Así lo creemos, aunque tengo la sospecha de que es el tiempo el que nos pierde a nosotros).

 

2 comentarios

  1. Extraordinario aporte cultural y rescate patrimonial de nuestras raíces. Ajeno a la dicha e ignorancia, el labriego construye para otros el camino de su esfuerzo. Yo recibo sus poemas y escritos cómo un bálsamo llenos de vidas de un errabundo incomprendido.
    Mis parabienes a Don Raúl Ocaranza por desempolvar ésta hermosa historia.
    Un abrazo fraterno.

  2. Excelente la publicación. Muchos Copiapinos ignoran su Historia y sus personajes. Esta es una puesta en valor de ello. Felicitaciones…!!!

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