En algún momento tuvimos carnaval: La Fiesta de la Chaya en Copiapó a fines del siglo XIX

Por estos días varios países vecinos están viviendo días muy divertidos con sus carnavales. Algunos son de los más grandes del mundo como el de Río de Janeiro en Brasil y el de Oruro en Bolivia. ¿Pero qué pasó con los carnavales chilenos y los que había en Atacama? Fueron reprimidos por el estado en el siglo XIX. Hoy en nuestra zona contamos con un sobreviviente: El Toro Pullay de Tierra Amarilla; pero hubo un tiempo en que el carnaval se vivía en el Valle de Copiapó y esa historia nos la revela el historiador Jaime Arancibia en la siguiente crónica. 

Jaime Arancibia Hidalgo[1]

 

Hace más de 100 años, y generalmente después de que culminaba la fiesta de la Candelaria, los copiapinos comenzaban su preparación para los días de carnaval, “por antonomasia la fiesta de la sensualidad, la transgresión y el desorden”.[2] El concepto de «Carnaval» suele ser confundido en la sociedad actual chilena como un sinónimo de fiesta o de celebración, y se utiliza de forma aleatoria para denominar a cualquier instancia de jolgorio. Este error muy probablemente se produce porque en nuestro territorio el Carnaval fue prohibido por la élite durante todo el siglo XIX, a diferencia de otros países donde, incluso hasta hoy en día, los Estados nacionales se han encargado de fomentar, aunque con ciertos tintes de cooptación, las celebraciones del Carnaval. Ejemplo de esto son el Carnaval de Oruro (Bolivia), el Carnaval de Rio (Brasil), el Carnaval de Corrientes (Argentina), entre otros.

Pero entonces, ¿qué es el carnaval?

El carnaval es un periodo del año en el cual la Iglesia Católica hacía vista gorda de las ritualidades y costumbres no católicas, entendiendo que luego, en el periodo de cuaresma, los fieles tendrían 40 días más que suficientes para arrepentirse de sus pecados. En el continente europeo, las antiguas tradiciones de los pueblos bárbaros, incluso los festejos ligados a los dioses de la fertilidad y la abundancia del imaginario greco-latino, fueron consideradas paganas por el catolicismo, pero se continuaron realizando durante la época de carnaval.

En paralelo, en nuestro continente también se realizaban rituales estivales que celebran las buenas cosechas, instancias surgidas de la observación astronómica con fines agrícolas que caracterizan los modos de celebrar de los pueblos prehispánicos. Estas costumbres se fueron mezclando con el carnaval traído por los conquistadores europeos, por lo cual en nuestros territorios las celebraciones de carnaval se pueden considerar un punto de encuentro de tres tradiciones muy distintas: el catolicismo, las culturas prehispánicas de América y las culturas bárbaras de Europa.

En el caso particular del territorio de nuestra actual región de Atacama, influenciada por el contacto con el sector más austral del altiplano andino, durante la época de carnaval se realizaba la tradicional “Fiesta de la Chaya”, nombre que alude a la tradición de arrojarse sustancias durante los juegos. El origen de la Chaya está en el vocablo quechua challar, que alude a la acción de arrojar sustancias (licor, papel, harina, etc) en honor a la pachamama.

Diversiones populares en la fiesta de Corpus Christie, algún pueblo de la zona rural, 1826

Si bien durante la colonia el carnaval se celebró sin mayores problemas que el enorme saldo de muertos y heridos que dejaba tras su paso, a comienzos del siglo XIX la elite santiaguina, en su afán moralizador, prohíbe estas manifestaciones de júbilo popular. La primera de las prohibiciones se hace mediante el bando emanado por Casimiro Marcó del Pont el 13 de febrero de 1816 que dictaba “que ninguna persona estante, habitante o transeúnte de cualquier calidad, clase o condición que sea, pueda jugar los recordados juegos u otros, como máscaras, disfraces, corredurías a caballo, juntas o bailes, que provoquen reunión de jentes o causen bullicio”.[3]

Por su parte, y aludiendo a que el carnaval «abre campo a la embriaguez y a toda clase de disolución, y expone a lances peligrosos por la licencia que se toman las gentes en jugar arrojando harina, afrecho, aguas y muchas veces materias inmundas, y otras capaces de causar heridas y contusiones, sin hacer distinciones de las clases, edades y sexos contra quienes se arrojan», el 3 de febrero de 1821, Bernardo O’Higgins tomó cartas en el asunto y ordenó «que no se juegue ni permita jugar pública ni privadamente el juego de challa durante su tiempo en esta ciudad, ni en sus suburbios y parroquias inmediatas”.[4]

A mediados del siglo XIX un último mandato del que se tiene registro nuevamente prohíbe los juegos de carnaval, esta vez es el gobierno de Manuel Montt, el cual en 1956 “prohibe derramar o arrojar de los balcones, puertas o ventanas, basuras o aguas de cualquier naturaleza que sean, que puedan mojar o ensuciar a transeuntes o producir exhalaciones insalubres”.[5]

Ahora bien, la celebración del carnaval en Copiapó resulta muy particular e interesante, dado que en pocos lugares de la naciente república chilena esta fiesta alcanzaba tales niveles de participación de los habitantes para volcarse a la Fiesta de la Chaya y demás juegos carnavalescos, entendiendo también que era la ciudad más alejada de Santiago y la más cercana al altiplano, lugar de donde provenía la tradición de la Chaya, de lo que hasta ese entonces era el territorio nacional. Muestra del importante nivel de participación popular en las celebraciones carnavalescas copiapinas y de lo escandaloso que podía llegar a ser el espectáculo es el trabajo ya citado de Godoy, texto del cual extraemos el siguiente párrafo para poder hacernos una idea de lo que acontecía durante aquellos días:

Plaza de Armas (Copiapó, Chile) – Siglo 19 – Obras Ilustradas
Año: 1850

Un grupo de personas a pie, en carretas, o a caballo atropellaban con sus carreras a todo           quien se cruzara en su camino, recorriendo las calles al grito de ¡chaya! después del cual el   despistado transeúnte corría el serio riesgo de quedar mojado con las más variadas mezclas de     aguas. Después de empapado, el afectado era embadurnado con polvos de arroz o harina y huevos putrefactos.[6]

Es claro que la celebración se salía del marco del simple juego, por lo que terminaba con enfrentamientos y riñas. A este ambiente de disipación y locura, se sumaban comparsas de enmascarados y bandas de músicos que con sus instrumentos recorrían las calles compartiendo licor. Estas aglomeraciones de “gente del pueblo” fueron extensamente descritas, debido a los excesos que a los ojos de la “gente decente” estas alcanzaban, tal como lo expresa un periódico de la época:

Se aproxima ya este inmoral y pernicioso juego, origen i causa de tantas enfermedades, i de tan variados desagradables sucesos. Actualmente, que podemos i debemos temer todavía que el horrible flagelo del Ganjes haga su visita en nuestro pueblo, es de todo punto necesario resolverse a dejar la inmoral chacota que se conoce con el nombre de Chaya. La autoridad, por su parte, debe, desde luego, dictar algún decreto prohibitorio del juego indicado, conminando con severas multas a los que la infrinjan. Una medida semejante sería muy aplaudida i sobre todo mui ajustada a las prescripciones hijiénicas.[7]

En síntesis, el desorden era mayúsculo, especialmente, al considerar que por definición el tiempo carnavalesco alteraba transitoriamente el orden social y traía consigo la ruptura de las jerarquías, las reglas y los privilegios con una convocatoria a la participación festiva sustentada en la igualdad. En estas condiciones de igualdad social, las fiestas de carnaval eran el momento propicio para burlas de los sectores populares en contra de las autoridades y en general de la elite.

Esto lo podemos comprobar en los siguientes reportes de prensa:

Lo que para muchos es una diversion agradable, pasajera i festiva; para otros es un sarcasmo, una irrision, una chacota repugnante. Buscar armonia en semejantes cosas seria una pretension exajerada del que lo intente. […] Creemos que cada cual es dueño de hacer de su            capa un sayo, siempre que con sus actos no vaya a herir la moralidad pública i el buen sentido de una sociedad ilustrada. Sucede con frecuencia que cualquier hijo de vecino se cree autorizado para arrojar agua, polvos i demas elementos de chaya en los dias de carnaval, sobre cualquier transeunte que pase por la calle.[8]

EL ÚLTIMO DIA DEL CARNAVAL– ha sido verdaderamente estraordinario entre nosotros. […] el entusiasmo popular fue en crescendo i casi puede decirse que en algunos barrios no se            respetaba edad, sexo, ni condicion.

Sobre todo en la noche se notaba un entusiasmo delirante i los gritos de chaya resonaban a todos los vientos.[9]

En la celebración carnavalesca existía un acuerdo social tácito para, a pesar de los reclamos, aceptar los excesos y extender los espacios de permisividad con respecto a la conducta del mundo popular. En Copiapó, al igual que en todos los lugares que se celebraba, el carnaval era la fiesta de la risa y el momento que se desataba la sexualidad contenida en la apariencias, en especial para la juventud que se desenfrenaba probando los alcances de las barreras sociales mediante un conjunto de infracciones limitadas de ser cooptadas por el orden de la cuaresma.

No obstante, la prensa jugó un rol fundamental tanto en socializar las ideas de la elite, como en crear una idea falsa de los reales alcances de la Fiesta de la Chaya en la ciudad. Analizando las fuentes periodísticas de las últimas dos décadas del siglo XIX, nos percatamos que año tras año, además de criminalizar tanto la fiesta de la Chaya como la Fiesta de La Candelaria, no dudaron en aseverar falsamente que “por el poco entusiasmo que se nota en la ciudad, no creemos que se juegue mucho a la chaya”,[10] así como compartir con la población columnas de opinión bastante moralizadoras, dejando en claro lo poco contenta que se sentía la elite con la resistencia cultural de esta tradición:

CHAYA.– Ya no cabe duda que Copiapó pasará los dias de carnaval como cualquier otro dia sin dar importancia a una fiesta que no tiene razon de ser en estos tiempos. La verdad es que la chaya nada significa ni trae con ella nada favorable. En último resultado solo se saca de ella pulmonías, resfrios, golpes de caballo, ropa inutilizada, rencillas, ect.

EI ademas es intolerable que en la calle pública se crean todos con la libertad de echar a los transeuntes valdes de agua que no siempre es limpia, i puñados de polvos, almidon, harina, ect.  A este punto llamamos la atencion de la policia.

En una poblacion tan adelantada como Copiapó no debe bajo ningun pretexto permitirse que el tráfico sea dificultados por juegos tan desagradables como la chaya.

Bien está que dentro de una casa diez o veinte amigos se junten i se echen agua a mares, i volutina en barricas que como deciamos anteayer en la casa el dueño puede hacer de la capa un sayo. Pero en la calle pública es diferente.

Con que, señora policía, prepárese para los dias de chaya.[11]


Lo interesante es comprobar como en los mismos diarios que año a año anunciaban la inminente desaparición de esta tradición, se preocupaban también de informar que en definitiva si se practicaron durante la fiesta todas las barbaridades que escandalizaban a la elite, haciendo que los editores lamentaran que “la famosa chaya haya hecho furor”.[12] Robos, hurtos, peleas con cuchillos, peleas a golpes, asesinatos y un clima de violencia generalizado era pan de cada día durante los días en los que duraba la celebración del carnaval. La tergiversación de la información por parte de los medios comunicacionales de la elite es, por tanto, una cosa de perogrullo.

El año 1886, por razones que desconocemos, fue particularmente noticioso en dicho sentido, encontrándose informaciones a diario desde el día 5 hasta el día 13 de marzo, todas relacionadas con crímenes y situaciones desagradables y perjuriosas para el orden público. En total son 12 hechos noticiosos, algunos de los cuales compartimos a continuación:

            CHAYEROS.– Desde hoy hemos visto a unos pocos hijos de vecino con la cara llena de polvos, lo que da indicios de que la jente que realiza la chaya ha empezado con unas horas de anticipacion.[13]

            CHAYA.– Con inusitado entusiasmo se ha recibido este año la fiesta de chaya. […]

Si el primer dia se ha jugado tanto es seguro que hoi i particularmente mañana, rayará en frenesí el entusiasmo de los chayeros.[14]

            FUROR.– Entre los chayeros, a lo que se dejaba ver ayer, la famosa chaya ha hecho furor. ninguno casi de los que a caballo o en coche andaban en busca de que se les mojara dejaba de tener mas de la cantidad de chaya en sus cuerpos i su cerebro.[15]

             ROBOS.– Parece que los rateros han aprovechado el tiempo de la chaya en hacer diabluras. […] La ciudad está pues atestada de que todos los dias hacen de las suyas sin que sean aprehendidos por la escasa dotación que vijila las calles.[16]

            PRESOS.– A consecuencias de la chaya gran número de entusiastas chayeros de a pié, a            caballo o en coche han ido a parar al hotel Fernandez Concha, en calidad de presos, i han tenido, para salir, que pagar su entusiasmo con una multa de dos o mas pesos.[17]

BARBARIDAD.– Se nos dice que ayer un señor vecino, no sabemos quien, dió en la calle de Maipú un soberbio bofeton a una mujer que se permitió echarle chaya. De resultado del golpe la mujer salió con una herida en la sienes i quedó tendida en el suelo.[18]

        TAJOS I GOLPES.– Solo hoy hemos sabido que en la chaya hubo mas de muchos golpes i puñaladas.

       Asi, el domingo en la noche, fué apuñalado i robado un jóven, que de otro pueblo vino a Copiapó, en la alameda Weelwright o sea en las cercanias del hospital, en donde se halla en la actualidad.

       Otro en la misma noche fué seriamente golpeado i se encuentra algo restablecido; su nombre es José Mercedes Lopez, a quien le sustrajeron buena suma de dinero.

El lúnes, ademas de las heridas hechas a don Pedro Arcos se infirió, unas en una mano i el brazo a un músico de la banda llamado Daniel Rojas.

       Si a estas se agregan mas tarde otras que ignoramos aun, puede decirse que la apenas pasada chaya ha sido la peor para Copiapó donde rara vez o muy a lo lejos se ha oido hablar de asesinatos o puñaladas.[19]

Este inusitado entusiasmo popular por la Fiesta de la Chaya al parecer hizo que la elite reaccionara con la fuerza de las leyes para poder frenar el comportamiento transgresor de los mineros. Es así como hacia el año 1887 las autoridades regionales deciden prohibir las celebraciones del carnaval, con amenaza de multa para quienes no acataran el mandato, lo que a partir de la información entregada por la prensa, surge como consecuencia de dos sucesos ajenos a la chaya: la gran cantidad de desordenes que se registraron en la celebración de la Fiesta de la Candelaria de ese año[20]; y la llegada de la enfermedad del cólera a la zona central de Chile:

       LA CHAYA.– Las disposiciones legales que incluyen la prohibicion de esta fiesta […] deben ser este año, de preferencia, puestas en el rigor de la mas estricta justicia.

       La inminencia del peligro en que nos encontramos con motivos de la accion del cólera en el sur, lo aconseja asi nuestras autoridades deben tomar en cuenta todos los males que siempre han emanado de la libertad que nuestros pueblo han tenido para un juego de tan malas consecuencias hijiénicas, a fin de evitar que se debilite el grado de aseo i salubridad que vamos alcanzando.[21]

Como era de esperar, los esfuerzos fueron insuficientes, ya que de todas formas en los años subsiguientes, nuevamente tenemos acceso a información periodística que detalla con lujo de detalle cómo el bajo pueblo continuaba utilizando la Fiesta de la Chaya como una instancia para poder transgredir a mansalva el orden impuesto por la elite y su modelo económico capitalista.

[1]      Historiador de la Universidad de Chile. Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales en el Liceo Tecnológico de Copiapó.

[2]         Milton GODOY,  “¡Cuándo el siglo se sacará la máscara! Fiesta, carnaval y disciplinamiento cultural en el norte chico. Copiapó, 1840-1900”, Revista Historia N°40, vol. I, enero-junio 2007. Pág. 15.

[3]             El bando completo está disponible en: SALINAS, “¡En tiempos de chaya nadie se enoja! (…)”, (op. cit.), p.321

[4]         Ibídem, p.322

[5]         Francisco IZQUIERDO y  Ernesto BIANCHI, Recopilación de las leyes, ordenanzas, reglamentos i demas disposiciones administrativas vigentes en el departamento de Santiago. Santiago, 1894, p.390. En: SALINAS, “¡En tiempos de chaya nadie se enoja! (…)”, (op. cit.),  p.313

[6]          GODOY, “¡Cuándo el siglo se sacará la máscara! (…)”, (op. Cit), p.17.

[7]          “El amigo de país”. 8 de febrero de 1887.

[8]      “El Atacameño”, 22 de febrero de 1882.

[9]      “El Atacameño”, 7 de febrero de 1883.

[10]    “El Atacameño”, 19 de febrero de 1884.

[11]    “El Atacameño”, 21 de febrero de 1884.

[12]    “El Atacameño”, 9 de marzo de 1886.

[13]    “El Atacameño”, 6 de marzo de 1886

[14]    “El Atacameño”, 8 de marzo de 1886

[15]    “El Atacameño”, 9 de marzo de 1886

[16]    Idem.

[17]    10 de marzo de 1886

[18]    “El Atacameño”, 11 de marzo de 1886.

[19]    “El Atacameño”, 13 de marzo de 1886.

[20]    Situación que podemos observar en las noticias citadas del 8 de febrero de 1887 en “El Amigo del País”. (Ver citas: 18 y 25)

[21]    “El Atacameño”, 18 de febrero de 1887.

Un comentario

  1. Estimado. Hay alguna forma de obtener este texto en PDF? Lo encuentro buenísimo y me serviría mucho para mis investigaciones tenerlo en ese formato. Saludos

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