Opinión: “Copiapó mutante, la memoria amortigua los cambios”

Por David Ortiz

Copiapó es una ciudad en rápida mutación. De más está decir que hace 25 años atrás seguía siendo más un pueblo que una urbe propiamente tal, a pesar de ser la capital de la tercera región. Abundaban los potreros, las plantaciones, las condiciones agrícolas que respondían más a un carácter rural del valle que al de una urbe.

Conversando con los mayores, aún mantienen los recuerdos de un Copiapó verde. Un vergel en medio del desierto. Si bien no quiero hacer una apología a las condiciones de vida agrícolas, que no eran de las mejores, quiero destacar lo fuerte de este cambio. Hubo una transformación importante que no se comenta, no porque halla pasado desapercibida, sino porque es tan reciente que no se ha pensado lo suficiente.

“Al río íbamos a tomar once”, “En el río aprendí a nadar”, “En el río hacíamos asaditos”, “el río lo usábamos de motel”… son frases que son recurrentes entre los mayores de 35 que conocieron el otro Copiapó, el previo a los boom mineros de los 80, el de mediados de los 90 y el de finales de los 2000.

El tranque Lautaro lleno de agua, ir a bañarse al sector de piedra colgada, comprar tomates baratísimos en San Fernando. Son cosas que van quedando en el relato privado de las familias y que forman al mismo tiempo, el recuerdo colectivo de la comunidad copiapina que vio cambiar de morfología del centro del valle.

En esta revista intentamos encauzar estos relatos que muchas veces son pasados por alto, pero que siempre generan interés. Por ejemplo, preguntarse qué había antes en el sector de El Palomar. Lugar donde recuerdo con mi papá a veces recorríamos los potreros

Canchas de la ANFA. Pricipios de los 90's
Canchas de la ANFA. Pricipios de los 90’s

del sector en vehículo para luego cruzar el río. Toda una aventura, hasta salir al sector de las canchas de la ANFA, espacio donde había vegetación, sacaban ripio, criaban burros y caballos, crecía la alfalfa.

Pensar por ejemplo en las totoras que abundaban en los sectores por donde pasaba el río en la ciudad. Por ejemplo, cerca de Santa Elvira existía gente que vivía en ellas. Todavía queda gente que las habita, como es el caso de la ribera seca del río atrás de la cárcel, donde hay indigentes que hacen de las totoras muertas su hogar.

Existía otra significación de los espacios en algunos espacios que se van reinventando con cambios que van muy rápido, sobre todo en la última década. Por ejemplo el sector de Ojancos, ha tenido una mutación tremenda. De tener una toma, un relave gigante al lado y unas canchas donde jugaba a la pelota a pié pelado el “pata bendita” (copiapino, máximo goleador histórico del fútbol chileno y el América de México) hoy crece un Mall.

Las ciudades y sociedades cambian. Pero de pronto los cambios son tan acelerados que se tienden a olvidar las esencias de los lugares. Por ejemplo en Tierra Viva se cultivaban parronales. Aún recuerdo los relatos del dueño de una pensión donde víví en Valparaíso, quien me contaba que iba a pasar sus veranos a Copiapó. Cuando estaba de visita su máxima aventura era meterse a los parronales a robar uvas al atardecer, cuando el guardia sentado en la atalaya del lugar quedaba cegado por unos minutos ante la puesta de sol. En Borgoño cerca de estas parras, llegaban canales con agua del río, se hacían cultivos. Hoy de eso no quedan más que los recuerdos algunos antiguos vecinos del sector y algunos surcos secos en la tierra.

Más arriba en el valle, cerca de Los Loros, una vez tuve la oportunidad de hablar con un vecino de 87 años que vive en la antigua estación de “Totoralillo”. Me contó que cuando era niño en los años 30, ese sector era increíblemente verde, el río tenía constantes crecidas que impedían construir en sus bordes los cuales eran ocupados por bosques de algarrobo, que la gente del sector hacía chicha con los frutos de este árbol y que cada primavera iba a quedarse tardes enteras oliendo las flores de los bordes de los cerros.

Lo más notable que me contó este señor, es que el tren que pasaba por ahí durante muchos años entre el 30 y el 60, se usaba como “micro”. Era tan lento y abastecía a tan poca gente, que los pasajeros le pedían al maquinista que los dejara en tal o cual parte, a lo que el conductor asentía parando arbitrariamente en el trayecto a pedido del público, siempre y cuando cuando fueran del sector y no se pusieran patudos. Dejaba a los pasajeros, se despedían y continuaba la marcha lenta deteniéndose donde le indicaban los otros pasajeros.

Tranque Lautaro, año 1988
Tranque Lautaro, año 1988

Otro lugar que cambió rápido son los faldeos del cerro Capi, allí se hacían ejercicios militares, era una zona despoblada y desértica. Hoy todo eso está ocupado por Los Minerales y Los Volcanes, dos populosos sectores habitacionales. Más abajo, en el sector de Manuel Rodríguez, donde hoy están los campamentos, habían faenas mineras. Aun se pueden encontrar restos de ellas, entre las cuales hay un antiguo maray de por lo menos dos metros de diámetro.

Más hacia el valle, en el sector donde hoy se emplaza el Jumbo, hasta los años 2000 habían los restos de lo que eran los viñedos del sector. Aun es posible encontrarse con restos de paredes de adobe, típicas de las divisiones entre fundos del valle de Copiapó. Así también es común encontrar en ese sector, bosquesillos de chañares que crecen entre las paredes, las veredas y la maleza. El porfiado chañar, se puede encontrar si le pone atención, sobre todo en el callejón Pedro Pablo Figueroa.

A propósito de chañares, árbol del que tanto hablan los que usan concepto de identidad local, es llamativo el mini bosque que quedó en un espacio de la población Torreblanca. Está en Luis Flores, justo en frente del regimiento. Desde que se creó la población en los 70, todos los años los talan y sin embargo, vuelven a crecer otra vez de forma masiva. Son una legión de árboles locales porfiados. Les ponen panderetas, rejas o mallas, pero siempre un grupo de anónimos las terminan botando. ¿Es un gesto de resistencia del valle? La verdad no, es sólo la condición natural de unos árboles autóctonos que crecen en su hábitat natural, combinada con un grupo disperso y anónimo de copiapinos que se dedican, por alguna extraña razón, a botar panderetas de sitios eriazos.

Otro espacio que cambió muchísimo, y que personalmente no conocí porque no había nacido en ese entonces, es donde estaban las antiguas instalaciones de “Alica”, al lado del puente Kenedy (entrada sur de Copiapó). Alguna vez hubo un campamento. Había una cantina famosa por las peleas de ebrios, gente que saltaba por la ventana arrojada, claro está, por otra persona con quien previamente se habían aforrado unos combos. Estaba en este sector “la pata de cabra”, una especie de brazo del río Copiapó, donde la gente se iba a bañar, además tocaba una banda en el lugar. Incluso -y esto siempre me ha parecido delirante- se mantenía un canal que iba a dar a una central de paso, una pequeña hidroeléctrica, ubicada cerca del cementerio.

Poco queda del valle agrícola y el vergel que alguna vez fue Copiapó. Hoy la situación es otra, hay más servicios, más posibilidades con respecto a décadas anteriores, son los beneficios de ser más una urbe. Actualmente, entre semáforos que indican cosas confusas, embotellamientos de autos, autoridades y empresas que respaldan un agua potable que “cumple la norma” -pero que igual es horrible-, una sequedad crónica por la que nadie tiene la voluntad de hacer mucho; es bueno hacer un ejercicio de memoria colectiva y preguntarse cómo era la ciudad antes, y cuanto de ello nos gustaría rescatar, para complementarlas con la modernización y el crecimiento de Copiapó que lo ha hecho mutar tanto, en tan poco tiempo.

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COPIAPÓ MUTANTE

Río Copiapó en la actualidad. A la izquierda un complejo habitacional cercano al campus cordillera de la UDA. A la derecha hay una parcela donde se cultivan tomates, justo donde termina El Palomar. En medio el basural en que los vecinos de Copiapó han convertido el río. De fondo se aprecia aún la vegetación que subsiste pese a la ausencia de agua. 

Un comentario

  1. Si bien es muy cierto que la comunidad copiapina en general habitualmente va a botar escombros y basura en lugares que no han sido concebidos para tales efectos, no menos cierto es que el municipio no hace nada para evitar esta conducta, por cuanto el lugar que está destinado para tales fines (vertedero municipal) ostenta unas tarifar realmente onerosas que en definitiva son impagables para el común de los pobladores de nuestra ciudad, con lo cual se ven obligados a vulnerar la ordenanza municipal aun a riesgo de pagar una abultada multa de mas de tres UTM.

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