Opinión: El Copiapó multidimensional

Por Víctor Munita Fritis

“…es una ciudad poco agradable. Cada cual parece no tener más objeto que uno: ganar dinero y marcharse de allí lo más pronto posible. Casi todos los habitantes se ocupan en minas y no se oye hablar otra cosa que minas y minerales. Los objetos de primera necesidad son todos ellos muy caros…”

 

CHARLES DARWIN

HIDROFOBIA

CAPÍTULO XVI

VIAJE DE UN NATURALISTA ALREDEDOR DEL MUNDO

Copiapó, sin duda es una ciudad extraña. Algunas veces me pregunto ¿cuántas dimensiones de Copiapó hay dentro de Copiapó? Me atrevo a identificar cinco dimensiones de éste, por ahora.

UnoEl Copiapó El periférico: carente y silenciosos, el que se estira a lo largo del valle como escalador polvoriento y gris sobre los cordones montañosos que acompañan de Cordillera a Mar. Se pueden ver poblaciones y tomas de terreno en los cerros donde no siempre llega la presión del agua potable, entre casas refaccionadas con cemento sobre barro, por una clase media que obtuvo sus viviendas mediante la historia familia o como fundadores de la población o villa del sector.

Dos El Copiapó dormitorio y económico: Ese lugar de descanso o “estación” para la locomoción de buses o aviones para empresario y/o trabajadores mineros que emprenden rumbo generalmente a La Serena, Santiago y Rancagua; un lugar donde descansar y estirar las piernas, pero donde no pueden tomar agua de la llave. Este Copiapó existe una parte que luce grandes camionetas y opulencia, frente a la desigualdad que expresa el Copiapó periférico. Una residencia de 7×7.

Tres El Copiapó chovinista y conformista: Aquel que celebra a rabiar y defiende todo lo que aparezca como producto local, pero en privado y a espalda humilla y destaca lo negativo. Celebra la Revolución Constituyente, pero no se cuestiona este proceso histórico y cree que el acto de Pedro León Gallo es valioso en sí solo por ser antiguo y del siglo XIX, la edad de oro de esta tierra (para algunos).  Posee un arco de triunfo. Es de madera aglomerada (Masisa) pintado con detalles hechos con esponja y brocha gorda. ¿Triunfo?

Cuatro El Copiapó de nuestros ojos: Ese que vive en nuestra población, el que añoramos cada vez que pensamos en el. La calle que recorremos día a día al salir a nuestro trabajo, el que nos dice cuando vale el kilo de pan en un letrero en forma de A.

Cinco El Copiapó geohistórico: se destaca por ser una “simple cinta verde en medio de un mar roqueño”; valle rodeado por rocas y arena; se extiende como chicle gastado de casas viejas reemplazadas por edificios costosos y de mediana altura en reducidos espacios ciudadanos; el que tiene sol de 30° al medio día; el que tiene un río cortado y seco. Desviado por los cultivos de uva y las criminales mineras. Un Copiapó árido y sin agua potable de calidad, que generó un lucrativo y prolífero negocio de venta de este elemento. El agua purificada en bidones de 20 litros por la suma de 2000 mil pesos. Cada día se veden por miles.

Charles Darwin visitó cuando joven Atacama y dijo en 1835 del río Copiapó que: “Este año el río lleva mucha; en el lugar en que nos encontramos en la parte superior del valle, el agua llega al vientre del caballo y el río tiene 15 metros de ancho; además, la corriente es rápida. Pero a medida que se desciende por el valle el volumen de agua se hace cada vez menor, y el río  acaba por quedar seco; por un periodo de treinta años, este río no ha vertido una sola gota de agua al mar.” Así describía el río en la parte ‘urbana’ del valle. En esos años la ciudad venía de una sequía de treinta años 1835 a 1805, pero antes hubo un periodo de cinco años de 1805 a 1800 aproximadamente con un caudal uniforme por el río y desde 1800 a 1770 se desarrolla otro periodo idéntico al que relata Darwin. Es decir que el problema de la cuenca del río Copiapó es un deterioro natural, pero ojo: esto no es documento de autodefensa empresarial, todo lo contrario porque la naturaleza muestra un curso natural de dificultades hídricas, pero el daño en los últimos años del siglo XX y principios de este sobrevivimos son a causa indudable del factor antrópico ligado al sobre aprovechamiento de la cuenca, especialmente al monocultivo de la uva de exportación, que tanta buena imagen nos dejó al país en tiempos de dictadura, y que mantiene alfombrado de parronales el valle a costa de eliminar la vegetación endémica y sobre explotar los derechos superficiales de agua del río.

Sobre este último punto, la situación actual obliga a buscar nuevas napas de agua subterránea para abastecer a la gente, unas de mala calidad. Algo que no es nuevo en la historia. Para muestra un botón, ya en 1842 el escritor costumbrista Jotabeche, en sus artículos de costumbre. Aunque había más agua en el siglo XIX, el tema de la calidad no distaba mucho de la realidad del siglo XXI:

“La casa que recibe a Ias visitas sirve el té; los hombres, por lo regular, sólo piden agua. Pero esta agua de Copiapó, quizás por las partículas metálicas que contiene, es tan cruda  y tan indigesta, que por vía de precaución hay que aliñarla con azúcar y coñac, lo que la deja perfectamente potable.”

Y es que las ciudades se van pensando desde sus cursos de agua y la morfología telúrica de su entorno. De allí provienen sus mitos, por ejemplo en el siglo XX, un padre afrocolombiano llamado Crisógono Sierra y Velásquez más conocido como “El Padre Negro”, dejó testimonios de su paso por esta tierra y el conocido Puerto de Caldera, instalaba cruces en los cerros sagrados por los pueblos originarios de la zona, típica conducta de los critianos-católicos en la conquista española. Se le atribuye el anticipar el terremoto de 1922 en la ciudad y profetizó que “Copiapó se inundará, previo se hundirá a causa de las aguas subterráneas que en el Valle de Copiapó existen” ¿Una especie de Atlántida minera? Interesante. La naturaleza le dio un clima ideal para uvas y le dio una tierra llena de riquezas. ¿Será precisamente ese aspecto geológico, el que determine la destrucción histórica a Copiapó? Hay que ver.

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