El porqué de la rebelión de Chañarcillo en 1834, la primera revuelta obrera de Chile

El porqué de la rebelión de Chañarcillo en 1834, la primera revuelta obrera de Chile

En este Primero de Mayo, recordamos uno de los episodios que dan inicio al movimiento obrero y social en Chile: la rebelión de obreros de Chañarcillo en 1834, acontecimiento donde los mineros se apropiaron de las dependencias de las mineras que explotaban el yacimiento, tomando el control de todas las instalaciones y enfrentándose a la represión que llegó desde Copiapó.

El siguiente texto de Hernán Ramírez Necochea es parte de su libro Historia del movimiento obrero en chile Siglo XIX (Editora Austral), y en él se dan detalles y análisis sobre este hito del movimiento social en Chile. 

Hernán Ramírez Necochea / Extraído de http://bit.ly/2oYzzMs 

Engels, al exponer las condiciones de vida del proletariado inglés y sus primeras luchas, explica: “La primera, la más grosera, la más horrible forma de tal rebelión, fue el delito. El obrero vivía en la necesidad y la miseria y veía que otros estaban mejor que él. Su mente no alcanzaba a comprender por qué él, que sin embargo, hacía más por la sociedad que un rico holgazán, debía sufrir en tales condiciones. La miseria vencía su natural respeto por la propiedad: y robaba” (4). Es decir, los obreros hallaron en la apropiación ilegal de riquezas que ellos habían concurrido a producir, una manera de compensarse de la explotación legitimada de que eran objeto. Así mismo sucedió aquí en Chile.

En las minas de plata, por ejemplo, nació la “cangalla”, el robo de metal precioso que se realizaba por medio de mil tretas diferentes, algunas muy ingeniosas o audaces, como la que consistía en esconder trozos metálicos en el ano, pero que a veces solían poner en peligro la vida del cangallero. Los peones no concibieron la cangalla como una acción delictuosa, sino más bien como una forma de participación en los bienes que proporcionaba la tierra. A este respecto, Domingo Faustino Sarmiento, que vivió algún tiempo en el norte dedicado a labores mineras, escribió lo que sigue:

“El robo de metales preciosos, cualquiera que sea su cantidad y su valor, es reputado como una regalía y como un gaje de su profesión. Familiarizado con la vista de tesoros que explota para enriquecer con ellos a otro más afortunado, a quien sólo le cuestan las diligencias judiciales de un pedimento… no se hace escrúpulos de participar con el convencional propietario de los bienes que la naturaleza prodiga a ciegas y que sólo a él le cuestan sudores y fatigas”.

Por supuesto que este criterio no era compartido por los dueños de minas. Estos, para evitar la cangalla y mantener “en disciplina” a los trabajadores, intentaron hacer de los minerales verdaderos campos de concentración. En 1841 lograron que el Presidente Prieto dictara un decreto que reglamentaba la vida en los minerales de la manera más absurda que imaginar se puede. Entre otras cosas, se disponía el toque de queda en el mineral a las nueve de la noche, con la obligación de que se apagaran las luces poco después de esa hora; cualquier infracción por parte de los trabajadores era penada “…por primera vez con ocho días de trabajo… sin sueldo a favor del gremio (vale decir, de los dueños de minas); por segunda vez, con igual pena por el tiempo doble; y así en proporción…” También se disponía la obligación de que toda persona que vivía en el mineral tuviera una papeleta firmada por el mayordomo y visada por el juez. Pero lo absurdo de este decreto llegaba a su extremo en el artículo 32 que disponía: “Se prohíbe a las mujeres entrar en el mineral de Chañarcillo y sus cercanías. Cuando las casadas quieran visitar a sus maridos, obtendrán permiso escrito del gobernador departamental”.

La gente sensata fustigó enérgicamente estos reglamentos y el costumbrista José Joaquín Vallejo, en uno de sus celebrados artículos, lo hizo blanco de sus ironías en los siguientes términos:

“Todo se remedió con expulsar a las mujeres de Chañarcillo y con declararlas allí un artículo de contrabando. Hombres barriendo, hombres lavando, hombres espumando la olla, hombres haciendo la cama hombres friendo empanadas, hombres bailando con hombres, cantando la extranjera y hombres por todo y para todo; es una colonia de maricones, un cuerpo sin alma, un monstruo cuya vista rechaza y que no es la cosa menos notable de nuestro Chile”.

Dicho sea de paso, la acción del cangallero suponía la existencia de “honorables” comerciantes que compraran el metal robado a bajísimo precio. Estos comerciantes, algunos de considerable prestigio, estaban a cubierto de las persecuciones que se lanzaban contra los cangalleros como lo demuestra el siguiente párrafo de un artículo publicado en “El Copiapino” el 25 de abril de 1846:

“Mientras el juez del mineral luchaba con los ladrones, hallaban éstos asilo y protección en los pueblos, a donde se establecieron habilitadores que fomentaban la cangalla.

“Se persigue al pobre ladrón de metales y se respeta al comprador rico. Se persigue al ladrón pobre y se respeta como sagrado el lugar a donde se depositan los metales para su beneficio.

“Se persigue al débil, mientras los cómplices ricos en Vallenar y Copiapó se sonríen, gozan inmunidades y trafican con el delito, seguros de no ser molestados en su criminal agencia”.

Aparte de la cangalla, reacción elemental o primaria que no conducía a los trabajadores a ninguna parte ni les ayudaba en definitiva a resolver ningún problema, hubo otras formas de rebeldía. Frecuentemente en los centros mineros hubo rebeliones de trabajadores en las que las interrupciones de faenas se acompañaban de saqueos a almacenes y tiendas. Una cantidad de muy variados documentos permite aseverar que durante la etapa que diseñamos, las faenas estuvieron muy lejos de desarrollarse en un ambiente tranquilo, libre de conflictos o de tensiones sociales.

Mucha gente, además de constatar estas tensiones, logró comprender algunas causas de ellas. En “El Constituyente”, periódico que se editaba en Copiapó, el 3 de mayo de 1865, al comentarse una huelga que se había producido en Chañarcillo días antes, se puede leer lo que sigue:

“Si fuéramos a hacernos aquí intérpretes de los sentimientos que dominan a las clases secundarias, tendríamos que confesar que entre subalternos y superiores no reina en Chañarcillo la debida armonía.

“De mayordomo abajo, todos los empleados de las minas censuran la dureza con que son tratados por el administrador, que es casi siempre un déspota inflexible.

“Lo que resulta evidente de la resolución manifestada el miércoles por los trabajadores del mineral, es que hay un gran vacío que llenar entre operarios y patrones”.

Una de las primeras rebeliones mineras tuvo lugar en Chañarcillo el año 1834. El investigador Roberto Hernández, haciendo una referencia a ella y a otra que se produjo poco después, aunque en fecha no señalada, dice:

“El alzamiento de peones en 1834 se repitió más tarde, causando con ello una enorme intranquilidad en Copiapó mismo, en donde la población llamada de La Placilla era como una amenaza constante” . Señalando los antecedentes de estas rebeliones, el mismo autor expresa que “…el don inestimable de la tranquilidad social solía tener sus fallas, y una de las partes en que desgraciadamente dejaba mucho que desear era precisamente en Chañarcillo, o más propiamente dicho, en la población minera que se había congregado al pie del mineral y que tenía el nombre de La Placilla…”

A partir de aquel momento, las rebeliones se empezaron a producir con bastante frecuencia, según se desprende de numerosos testimonios. Sarmiento, en su ya citado artículo sobre los mineros, escribió:

“Tal es el minero en Chile… Chañarcillo, en un círculo de pocas cuadras contiene más de seiscientos. y los alzamientos con el manifiesto designio de saquear las faenas y cometer toda clase de excesos, empiezan a hacerse tan frecuentes, no obstante la presencia del juez que suele ser un militar con fama de valiente para ser respetado…”

Años más tarde, el 25 de abril de 1846, se podía leer en “El Copiapino” lo que sigue: “Algunas asonadas en varias épocas consternaron a los habitantes pacíficos del mineral por las amenazas de destruirlo todo y por el saqueo de algunas tiendas y faenas… Los mineros (empresarios) claman por una protección, por un arreglo y por medidas que aseguren sus propiedades, pongan en deber a los trabajadores, enfrenten a los díscolos y persigan la ociosidad”.

Tales movimientos no sólo estuvieron circunscritos a la Zona Norte, sino que también hubo frecuentes manifestaciones de ellos en la región carbonífera, como se desprende del siguiente documento: “Entre las medidas adoptadas, debo mencionar a U. S. el reglamento expedido para los minerales de Lota y Coronel; en ambos puntos la inseguridad era ya un mal que interrumpía las labores y que ponía en conflictos a la autoridad local, débil por sí sola para sobreponerse a los graves desórdenes de los trabajadores. Heridas y aun asesinatos, insurrección de los trabajadores en contra de los dueños de minas, eran hechos que se repetían con escándalo y que reclamaban un remedio eficaz…”  En este mismo documento se agrega luego que el reglamento de policía dictado conduce a “…evitar la paralización de las labores y a concluir con la anarquía que reinaba entre los mineros…” 

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